Llegan las luces de colores y las canciones conocidas de siempre. Los escaparates se llenan de ofertas, las casas se visten con guirnaldas y los muñecos inflables aparecen como señal de que el calendario ha cambiado. Incluso las plantas parecen saberlo: el verde se rinde al rojo y susurra que ha llegado el tiempo.
Pero detrás del
brillo y del ruido está la feria del comercio, esa que espera pacientemente
todo el año para vaciar bodegas y renovar vitrinas. Se nos invita a creer que
ahí está el sentido, que la Navidad se mide en descuentos y bolsas llenas. Y,
sin darnos cuenta, lo aceptamos.
No es malo regalar,
ni reunirnos alrededor de una mesa, ni compartir risas junto al árbol. Eso
también es un lenguaje de amor. Sin embargo, algo más profundo corre el riesgo
de perderse si no hacemos una pausa y guardamos silencio.
El mundo ha querido
diluir la fecha, suavizar su nombre, llamarla de muchas formas para no
nombrarla del todo. Pero la Navidad tiene un centro, y no es un mercado ni una
tradición vacía.
UNA PERSPECTIVA DIFERENTE La Navidad es Dios acercándose al hombre. Es el Hijo enviado, nacido en humildad, entregado por amor. Es la promesa de vida eterna, de una paz que sostiene, de un gozo que no depende de las circunstancias, de una familia que se extiende más allá de la sangre.
Por eso,
detengámonos. Apaguemos por un momento el ruido. Miremos al pesebre y
recordemos que, aun en medio de luces y compras, Dios sigue llamándonos por
nuestro nombre. Él nos amó primero y, por ese amor, envió a su Hijo Jesucristo
para que tengamos vida eterna.
Disfruta esta época
con tu familia y tus amigos. Celebra que Jesús nació y anúncialo con hechos y
palabras.
“Una virgen
concebirá y dará a luz un hijo, y se le pondrá por nombre Emanuel, que
significa: Dios con nosotros.”
Mateo 1:23
Esa es la verdadera
Navidad

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