Hace poco escuché a un youtuber hablar
sobre la llamada “ley de atracción”, esa idea de que el universo nos recompensa
según lo que pensamos o sentimos. Suena alentador escuchar frases como: “el
universo te deparará lo mejor”. Pero aquí surge una
pregunta clave: ¿es realmente el universo quien mueve los hilos de nuestra
vida?
La diferencia es profunda: ver al universo
como una fuerza impersonal que premia o castiga, o entenderlo como creación de
Dios, diseñada y sostenida por Dios con un propósito.
Según la Biblia, el universo no tiene
conciencia ni voluntad. La creación refleja la grandeza de Dios, pero no puede
sustituirlo ni otorgar bendiciones. El apóstol Pablo lo dijo sin rodeos:
“Cambiaron la verdad de Dios por la
mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que, al Creador, el cual
es bendito por los siglos. Amén” (Romanos 1:25).
El error humano de siempre ha sido adorar
la creación en lugar de reconocer al Creador.
Las Escrituras enseñan otra verdad más
firme: no es la “energía del universo” la que ordena las cosas, sino la
soberanía de Dios. Colosenses 1:16 y Romanos 11:36 lo dejan claro: “todo fue
creado por medio de Cristo, para Él, y todo subsiste en Él”
¿Existe entonces algo parecido a la “ley de
atracción”? Eso intentan hacernos creer, pero es una premisa copiada de otra
ley, la ley espiritual de la siembra y la cosecha “ No
os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare,
eso también segará” (Gal 6:7)
Lo que sembramos en pensamientos, acciones
y actitudes, eso cosechamos. No porque el cosmos lo determine, sino porque Dios
estableció ese principio. No es una energía impersonal la que responde, sino un
Dios vivo que busca relación con nosotros.
El llamado de Dios es a dirigir nuestra
mente hacia lo que le agrada:
“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto,
todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable… en esto pensad” (Filipenses 4:8).
Cuando enfocamos nuestra vida en esto, no
atraemos “vibras” ni “frecuencias”, sino que experimentamos la paz de Dios que
guarda nuestro corazón.
Al final, la verdadera prosperidad y bendición no vienen del universo, sino de Jesucristo, quien dio su vida en la cruz. Solo en Él hay perdón, paz, propósito y esperanza.

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