3 de octubre de 2025

¿EL UNIVERSO CONSPIRA O DIOS GOBIERNA?

Hace poco escuché a un youtuber hablar sobre la llamada “ley de atracción”, esa idea de que el universo nos recompensa según lo que pensamos o sentimos. Suena alentador escuchar frases como: “el universo te deparará lo mejor”.  Pero aquí surge una pregunta clave: ¿es realmente el universo quien mueve los hilos de nuestra vida?

La diferencia es profunda: ver al universo como una fuerza impersonal que premia o castiga, o entenderlo como creación de Dios, diseñada y sostenida por Dios con un propósito.

Según la Biblia, el universo no tiene conciencia ni voluntad. La creación refleja la grandeza de Dios, pero no puede sustituirlo ni otorgar bendiciones. El apóstol Pablo lo dijo sin rodeos:

“Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que, al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Romanos 1:25).

El error humano de siempre ha sido adorar la creación en lugar de reconocer al Creador.

Las Escrituras enseñan otra verdad más firme: no es la “energía del universo” la que ordena las cosas, sino la soberanía de Dios. Colosenses 1:16 y Romanos 11:36 lo dejan claro: “todo fue creado por medio de Cristo, para Él, y todo subsiste en Él”

 

¿Existe entonces algo parecido a la “ley de atracción”? Eso intentan hacernos creer, pero es una premisa copiada de otra ley, la ley espiritual de la siembra y la cosecha  No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gal 6:7)

Lo que sembramos en pensamientos, acciones y actitudes, eso cosechamos. No porque el cosmos lo determine, sino porque Dios estableció ese principio. No es una energía impersonal la que responde, sino un Dios vivo que busca relación con nosotros.

El llamado de Dios es a dirigir nuestra mente hacia lo que le agrada: 

“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable… en esto pensad” (Filipenses 4:8).

Cuando enfocamos nuestra vida en esto, no atraemos “vibras” ni “frecuencias”, sino que experimentamos la paz de Dios que guarda nuestro corazón.

Al final, la verdadera prosperidad y bendición no vienen del universo, sino de Jesucristo, quien dio su vida en la cruz. Solo en Él hay perdón, paz, propósito y esperanza. 

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