En Cuba, la diversidad no era un tema de debate académico ni político. Era una realidad vivida. Negros, blancos y mulatos convivían, y aunque se usaban términos que hoy suenan anticuados, no eran ofensivos. La cultura misma era fruto de un mestizaje profundo: África aportó ritmo y espiritualidad; España, lengua y tradiciones; China, sabores; Francia, arquitectura y café; Inglaterra y Estados Unidos, influencias comerciales y deportivas.
Esa
mezcla no fue un proyecto político, fue vida real. Y de ahí nació lo cubano.
Hoy se insiste en conceptos como “diversidad” e “inclusión”, definidos como la presencia de distintos grupos y el esfuerzo por integrarlos. Pero la pregunta es inevitable: ¿no existía ya esa inclusión, de manera natural, en la experiencia cotidiana de generaciones pasadas?
El
término woke apareció primero como un llamado a estar alerta ante el
racismo, pero pronto se expandió a múltiples luchas sociales. Sus críticos
denuncian que se ha transformado en una agenda que censura, cancela y pretende
imponer una moral única.
Frente a
ese debate, la fe ofrece un camino distinto. El mensaje bíblico no depende de
modas ideológicas:
“No se amolden a este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente” (Romanos 12:2). “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). "Cristo es el todo, y en todos” (Colosenses 3:11).
En Cristo todos son bienvenidos. No necesitamos una agenda que nos dicte cómo tratar al prójimo. No importa su raza, cultura o forma de percibirse: todos necesitamos de Dios. “Dios no hace acepción de personas” (Romanos 2:11).
La verdadera inclusión no necesita manuales ni imposiciones. Se vive cuando reconocemos que todos somos iguales ante Dios. Esa es la visión que supera cualquier ideología y que sigue teniendo poder para transformar las relaciones humanas hoy Solo desde esa perspectiva se alcanza una igualdad real, buena, agradable y perfecta.

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