UNA PERSPECTIVA DIFERENTE
Hoy en día es difícil esperar fidelidad en
cualquier ámbito. Vivimos un retrato evidente de su fragilidad. La lealtad se
ha convertido en un valor negociable, sometido a la conveniencia del momento.
En política, la promesa ya no es un compromiso sino una estrategia; en los
negocios, la lealtad dura lo que dura la siguiente oferta; en las relaciones
personales, la estabilidad se pone a prueba frente a un sinfín de tentaciones
en un entorno saturado de opciones Incluso en el ámbito religioso, no es raro ver
a líderes abandonar comunidades por desacuerdos sin resolver, mostrando que
muchas veces pesa más el ego que la convicción.La Biblia, sin embargo, ofrece un contraste
radical:
“Reconoce, pues, que el SEÑOR tu Dios es Dios, el Dios fiel, que guarda su
pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que le aman y
guardan sus mandamientos” (Deuteronomio 7:9)
Este versículo subraya la fidelidad de Dios
como rasgo constitutivo de su carácter porque Él es Dios: Cumple lo que promete
y sostiene su pacto a lo largo de generaciones. Frente a la volatilidad humana,
aparece un Dios estable, confiable y constante. El texto bíblico no solo
describe un atributo divino, también plantea un modelo a imitar.
Ser fiel en el presente equivale a remar contra
la corriente. Implica compromiso, coherencia y resistencia en un entorno que
premia lo instantáneo y lo desechable. Recuperar la fidelidad como virtud no es
un gesto romántico ni una nostalgia del pasado, sino una necesidad ética y
espiritual. Solo cuando volvamos a valorar la lealtad —en la política, en los
negocios, en las relaciones y en la fe— podremos construir vínculos más sólidos
y comunidades más auténticas.
La fidelidad, aunque olvidada, no ha perdido
vigencia. Tal vez lo que falta es decisión para vivirla.

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