8 de septiembre de 2025

 

UNA PERSPECTIVA DIFERENTE

Hoy en día es difícil esperar fidelidad en cualquier ámbito. Vivimos un retrato evidente de su fragilidad. La lealtad se ha convertido en un valor negociable, sometido a la conveniencia del momento. En política, la promesa ya no es un compromiso sino una estrategia; en los negocios, la lealtad dura lo que dura la siguiente oferta; en las relaciones personales, la estabilidad se pone a prueba frente a un sinfín de tentaciones en un entorno saturado de opciones  Incluso en el ámbito religioso, no es raro ver a líderes abandonar comunidades por desacuerdos sin resolver, mostrando que muchas veces pesa más el ego que la convicción.

 La fidelidad, en su esencia, exige carácter. Supone resistir la tentación de abandonar cuando el camino se complica; mantener la palabra incluso si nadie lo reconoce; valorar lo permanente frente a lo inmediato. El problema de fondo es que la sociedad actual ya no percibe la fidelidad como una virtud esencial, sino como un rasgo opcional o incluso incómodo.

La Biblia, sin embargo, ofrece un contraste radical:
“Reconoce, pues, que el SEÑOR tu Dios es Dios, el Dios fiel, que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos” (Deuteronomio 7:9)

Este versículo subraya la fidelidad de Dios como rasgo constitutivo de su carácter porque Él es Dios: Cumple lo que promete y sostiene su pacto a lo largo de generaciones. Frente a la volatilidad humana, aparece un Dios estable, confiable y constante. El texto bíblico no solo describe un atributo divino, también plantea un modelo a imitar.

Ser fiel en el presente equivale a remar contra la corriente. Implica compromiso, coherencia y resistencia en un entorno que premia lo instantáneo y lo desechable. Recuperar la fidelidad como virtud no es un gesto romántico ni una nostalgia del pasado, sino una necesidad ética y espiritual. Solo cuando volvamos a valorar la lealtad —en la política, en los negocios, en las relaciones y en la fe— podremos construir vínculos más sólidos y comunidades más auténticas.

La fidelidad, aunque olvidada, no ha perdido vigencia. Tal vez lo que falta es decisión para vivirla.

 


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