LA GRANDEZA HUMANA Y LA HUELLA DE DIOS
La historia de la humanidad está marcada por grandes hitos: obras
monumentales y descubrimientos que cambiaron el rumbo del mundo que
transformaron nuestro modo de ver y habitar el mundo. Desde la misteriosa
técnica con que se levantaron las pirámides de Egipto hasta el 17 de diciembre
de 1903, cuando en Kitty Hawk, Carolina del Norte, Orville Wright voló 37
metros en 12 segundos con el Wright Flyer, inaugurando la era de la
aviación.
Solo seis años después, Louis Blériot cruzó en avión el Canal de la
Mancha en 37 minutos, demostrando que la aviación no era un experimento
aislado, sino un camino abierto hacia lo comercial y lo militar.
Sesenta años después, otro salto histórico estremeció al mundo (Hecho que muchas
teorías de conspiración niegan, pero lleno las noticias de todo el mundo): la llegada
del hombre a la Luna. La misión Apolo 11 despegó el 16 de julio de 1969 y el 20
de julio Neil Armstrong y Buzz Aldrin caminaron sobre la superficie lunar.
Armstrong pronunció su célebre frase: “Este es un pequeño paso para el
hombre, un gigantesco salto para la humanidad”. Aquel viaje llevó consigo
también palabras más antiguas: el Salmo 8, grabado en una micropelícula junto a
mensajes de 73 naciones.
Nada de lo que el ser humano haga lograra superar la grandeza del
Creador. Sin embargo, el mismo salmo reconoce nuestra dignidad: “Lo
coronaste de gloria y de honra”. Y ahí está el misterio: somos frágiles y,
a la vez, capaces de creatividad, ciencia y supervivencia; de inventar la
electricidad, el teléfono, los satélites y hasta los poderosos dispositivos
móviles que hoy dominan la comunicación.
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú
formaste, digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del
hombre para que lo visites?”
Mirando todo esto, no podemos ser ciegos. Cada avance humano refleja, de
algún modo, el amor de Dios al dotarnos de poder y capacidad para transformar el mundo. En
contraste con nuestra pequeñez, Dios nos ha coronado de gloria y honra,
dándonos inteligencia y dominio sobre la creación. Ningún avance tecnológico
—ni la electricidad, ni la telefonía, ni los satélites o los actuales
dispositivos móviles que domina nuestro entorno— puede compararse con la
maravilla de nuestra propia biología, nuestra creatividad y resiliencia.
Al contemplar tanto progreso, no deberíamos perder de vista lo esencial:
todo lo que somos y hacemos apunta a la grandeza de Dios, que nos dotó de esas
capacidades. Como dice el salmista:
“Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en
toda la tierra”.


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