7 de noviembre de 2025

LA JUSTICIA QUE ENALTECE A UNA NACIÓN

UNA PERSPECTIVA DIFERENTE

La justicia enaltece a una nación,    
pero el pecado deshonra a todos los pueblos.”
— Proverbios 14:34

La justicia es el fundamento invisible que sostiene el destino de los pueblos.
Cuando una nación camina en la verdad y en la rectitud, la bendición la acompaña. Pero cuando el pecado —la corrupción, la mentira, la injusticia— se sienta en el trono, esa nación se degrada desde adentro, y su gloria se convierte en sombra.

No toda justicia es la misma.
Hay una justicia que nace del corazón de Dios, que busca el bien, la verdad y la vida.
Y hay otra que brota de los hombres, moldeada por intereses, ideologías o pasiones del momento.
Una edifica; la otra destruye disfrazada de virtud.

Pienso en esto al observar los cambios recientes en Nueva York, donde el nuevo alcalde electo, Zohran Mamdani, que se define como socialista democrático, ha despertado fervor y temor por igual.
Sus simpatizantes lo ven como un redentor de los desposeídos; sus detractores, como un riesgo para el alma económica y moral de la ciudad.
Para quienes venimos de naciones que ya caminaron ese sendero, el recuerdo es inquietante. Sabemos cómo comienza: con promesas de igualdad y justicia social.
Y sabemos cómo termina: en control, escasez y pérdida de libertad.

En Cuba, esas promesas se convirtieron en cadenas.
Nos ofrecieron educación y salud “gratuitas”, junto con una libreta de racionamiento que garantizaba una “distribución justa”.
Pero bajo ese barniz de equidad se escondía el precio más alto: la libertad.
Hoy, mi país padece la miseria del alma y del cuerpo.
Sin comida, sin agua, sin energía.
Una educación que repite consignas en lugar de formar conciencia.
 Y la supuesta “potencia médica” que se exhibe al mundo no es más que una fachada sobre la miseria real del pueblo.

Por eso contemplo con preocupación el rumbo de esta nación.
Estados Unidos, tierra de promesa, se encuentra ante una encrucijada:
¿seguirá la justicia que enaltece o la que deshonra?

La respuesta no depende solo de los gobiernos, sino del corazón de su gente.
Porque cuando el pueblo teme a Dios y busca hacer lo recto, la nación florece.
Pero cuando el bien y el mal se confunden, cuando la mentira se viste de virtud y el pecado se normaliza, la deshonra no tarda en llegar.

Escucho hablar de transporte gratuito, cuidado infantil universal, viviendas accesibles financiadas por los ricos, y me pregunto:
¿es esto verdadera justicia… o una nueva forma de dependencia?
¿se busca elevar al pueblo o someterlo con regalos?

No toda “justicia” libera.
La justicia de Dios conduce a la libertad;
la justicia de los hombres, cuando se aparta de Él, termina por esclavizar.

Una nación puede aprobar leyes y políticas que parezcan nobles, pero si se separa de los valores eternos —la verdad, la honestidad, la responsabilidad, el respeto a la familia y a la vida—, terminará recogiendo el fruto amargo de su extravío.

Porque la verdadera justicia no nace de un sistema, sino del alma.
Y una nación solo se enaltece cuando sus ciudadanos eligen lo correcto, aun cuando hacerlo cueste.

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