Si tuviera que resumir el libro de los Salmos en una sola palabra, elegiría empatía. Esa capacidad de compartir emociones porque se han vivido experiencias semejantes. Los Salmos son eso: una colección de cantos y oraciones que nacen de vivencias reales de diferentes autores, y que nos muestran cuánto le importamos a Dios.
Vivimos en una época donde la empatía escasea. Se exige inclusión y diversidad, pero muchas veces esas demandas no buscan aceptar la diferencia, sino imponer uniformidad. En contraste, los Salmos nos recuerdan que Dios sí nos comprende y nos recibe a todos por igual. Lo dice Job 34:19: “Dios no hace acepción de personas; trata igual a ricos y pobres, pues todos somos obra de sus manos”. Y Pedro confirma en Hechos 10:34: “En verdad comprendo ahora que Dios no hace acepción de personas”.
Veamos entonces el Salmo 7, que inicia así: “Sigaión de David, que cantó a Jehová acerca de las palabras de Cus hijo de Benjamín”.
La palabra “Sigaión” aparece solo aquí. En hebreo, y también en acadio, significa lamentación o canto de tristeza. Es un poema que se canta en tiempos de malas noticias. Y, sin embargo, David empieza declarando fe:
“Jehová Dios mío, en ti he confiado; Sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame” (v.1).
Él sabe que si Dios no escucha su plegaria, su vida corre peligro:
“No sea que desgarren mi alma cual león, y me destrocen sin que haya quien me libre” (v.2).
Ese es el lenguaje de un pastor que conocía bien el peligro de los leones al cuidar ovejas.
David apela a la justicia de Dios:
“Levántate, oh Jehová, en tu ira; álzate en contra de la furia de mis angustiadores” (v.6).
No busca venganza personal, sino el respaldo del Juez justo.
En los versos siguientes reconoce algo tremendo:
“Jehová juzgará a los pueblos; Júzgame conforme a mi justicia, y a mi integridad” (v.8).
¿Quién de nosotros podría orar así? Yo no. Dependo de la gracia alcanzada por Jesús en la cruz. Solo por Él puedo esperar la misma justicia de Dios sin ser condenado.
El salmo sigue con un reto directo al corazón:
“Fenezca ahora la maldad de los inicuos, más establece tú al justo; Porque el Dios justo prueba la mente y el corazón” (v.9).
¿Nos atreveríamos a que Dios examinara lo más íntimo de nuestra mente y corazón?
David concluye afirmando:
“Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; y en el hoyo que hizo caerá” (v.15).
El mal acaba atrapando al que lo practica.
Y entonces brota la alabanza:
“Alabaré a Jehová conforme a su justicia, y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo” (v.17).
Esa es también mi oración. Mi confianza, mi canto, mi esperanza. Y solo así sé que llegaré a la meta: estar un día en su presencia para siempre.

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